Saturday, January 28, 2012

Hollywood: ¿El megaupload original?

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Ese caso del cierre de Megaupload, el sitio de Internet acusado por los estudios de Hollywood y la industria musical de promover la piratería, me recordó una novela que leí hace algún tiempo, "Max", del escritor norteamericano Howard Fast.

La novela es un fascinante relato  de los orígenes de Hollywood, a finales del siglo 19 y principios del 20.

Megaupload era un sitio que permitía a sus usuarios intercambiar y copiar documentos, fotos, y cualquier contenido digital. Y esto incluía, música, videojuegos y películas de Hollywood.

Claro, sin pagar ni un centavo a los creadores, lo que constituye piratería.

Irónicamente, la industria cinematográfica de Hollywood, que es muy celosa de guardar sus derechos de autor y presiona para el cierre de sitios como Megaupload, fue fundada precisamente por piratas que huyeron a California para no pagar derechos de autor.

Los primeros estudios de Hollywood (que ahora son las poderosas corporaciones que refunfuñan contra la piratería) fueron fundados precisamente por fugitivos que trataban de evadir la ley.

Todo comenzó a finales del siglo 19, cuando las ciudades norteamericanas y europeas se vieron inundadas de salas de cine.

Por unos cuantos centavos, cualquiera podía ver cortos de pocos minutos. Las primeras películas mudas, en blanco y negro, se exhibían en unas casetas individuales que trabajaban como tragamonedas.

Esta industria generaba millones de dólares a su inventor, ni más ni menos que Thomas Alva Edison, inventor también del fonógrafo y de la luz eléctrica (aunque algunos afirman que se "robó" tales inventos).

Edison inventó las primeras cámaras cinematográficas. Y como creador, quería el control total de la industria fílmica.

Por eso, promovió la creación del cartel llamado Motion Picture Patents Company, que obligaba a cualquier cineasta a pagarle derechos por filmar películas. A ese cartel se unieron otros pioneros inventores del cine, como la empresa Eastman Kodak, inventora de la cinta de celuloide, donde se filmaban las películas.

Justo era, por tanto, que quienes hacían dinero exhibiendo esos primeros filmes, pagaran los derechos a sus inventores, ¿no?

Ese es precisamente el argumento actual de los estudios de Hollywood contra Megaupload.

Pero los cineastas de aquél entonces protestaron. No querían pagar derechos  Edison... pero al mismo tiempo sí querían filmar y exhibir sus películas (y al mismo tiempo, cobrar por ello).

En esos primeros años, la industria estaba casi totalmente concentrada alrededor del área de Nueva York-Nueva Jersey. Era lógico: allí es donde se ubicaban la mayoría de las salas de cine, y por tanto, era el mayor mercado.

También era el feudo de Edison. Por tanto era casi imposible librarse de su férreo control. Incluso se contaban anécdotas sobre que  Edison enviaba "matones" a golpear a quien no aceptara sus términos, y a destruir cualquier equipo fílmico que "violara" sus patentes.

Para Edison, cualquiera que no le pagara era "pirata", y debía de ser clausurado totalmente.

Obviamente, los cineastas independientes se rebelaron. Afirmaban que el control de Edison disminuía la creatividad necesaria para que la industria fílmica floreciera.

Su solución fue simple: huir.

Nueva York era el corazón del cine, cierto, pero al mismo tiempo era un sitio inhóspito para filmar películas. Por ejemplo, era muy frío en invierno, y sus nevadas podían durar días, parando totalmente las filmaciones.

La luz solar tampoco era la óptima, algo vital en aquellos tiempos en que las películas eran en blanco y negro.

Para rematar, los precios de las propiedades estaban por las nubes.

Así pues, los cineastas comenzaron a buscar un sitio "ideal" para realizar sus películas. Y lo encontraron en el sur de California.

En aquél tiempo, California era un sitio casi virgen. Los terrenos eran baratísimos. Además, su abundante sol y calor hacían el sitio ideal para filmar casi todo el año, sobre todo las taquilleras películas de vaqueros.

Pero más importante, los directores estarían muy, muy lejos de Edison y su control de derechos de autor.

Y hasta allá se fueron a dar los cineastas, con sus equipos "pirateados".

A fundar Hollywood.

Sin el control de Edison, ni la obligación de pagarle derechos, los estudios de Hollywood florecieron, crecieron y se fortalecieron, dando lugar al llamado "studio system", y por consiguiente a la Época de Oro del cine norteamericano.

Edison, en cambio, debió aceptar que su poder de control sobre el cine desaparecía. Al final su cartel Motion Picture Patents Company se extinguió, al no poder competir contra el creciente poderío de los estudios de cine.

Irónico que hoy en día, Hollywood, ahora todopoderoso, está poniendo el grito en el cielo para mantener a toda costa su  control y que les paguen "sus derechos". Como hiciera Edison en su tiempo.

E igual que antes, ahora los piratas (esta vez de Internet) están recetándole a Hollywood la misma medicina que éste le recetó en su tiempo a Edison. (www.cesarfernando.com)






Wednesday, January 18, 2012

Cada vez entiendo menos el español...


Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com
DALLAS, Texas - Cómo ha pasado el tiempo...
Apenas hace unos quince años que emigré de México. Un suspiro en la escala del universo.
Tampoco es tanto en la escala humana. No son décadas y décadas.
Y aún así, las cosas cambian. Más de lo que me hubiera imaginado.
Una de las cosas que jamás pensé que iban a cambiar es el idioma español.
En la secundaria, un maestro de español nos enseñó que las lenguas evolucionan. Nos dijo que esto se llama "proceso diacrónico" y nos dio a entender que esto un proceso es que dura siglos. 
Se crean palabras nuevas. Otras caen en desuso.
Por ejemplo, el español que hablamos hoy en día es distinto al que hablaba Benito Juárez, y mucho más que el de El Cid Campeador.
Lo que nunca me imaginé es llegar a experimentar en carne propia este proceso.
Porque cada vez entiendo menos el español mexicano.

Cada vez que leo noticias por Internet de México, o que veo sus programas de TV, me topo con muchas palabras y frases nuevas que no entiendo.
No existían en el México que yo dejé, en 1997. O al menos no se usaban como se usan ahora.
Algunos ejemplos:
-"Seee": ¿Qué es esto? Suena a exclamación y a afirmación al mismo tiempo. No significa nada y significa todo.
-"Nos cargo el payaso": ¿Qué? ¿Qué caray tiene qué ver un payaso? ¿Y porqué nos carga? Hasta donde sé, equivale a "nos llevó la tristeza", o "nos llevó la que nos trajo", o más comúnmente: "nos llevó la ching..." Esas eran las frases que se decían cuando yo vivía y trabajaba en México, a finales del siglo XX.


(Aunque después de ver películas como "It" de Stephen King, comprendo perfectamente el horror que causaría el que un payaso nos cargara.)

-"Morra": Sinónimo de chica, muchacha. Suena medio sudamericano. Cuando emigré, yo sabía que existia el famoso "Morro", que era un horrendo personaje de caricaturas que cantaba canciones medio peladas, con una voz de pito al estilo Alvin y las Ardillas. Quizá por eso le tengo aversión a llamar "morra" a una chica.

-"Estar del nabo": Algo que está terrible, mal hecho, deprimente. En mis tiempos decíamos "está de la ching..."

-"Es la ley”: Hasta donde entiendo, esta frase sirve para describir algo que en mis tiempos llamábamos "chido", "a todo dar", "padre". Precisamente lo contrario a "estar del nabo".
-"Okas": Anglicismo equivalente a "está bien". En mis tiempos decíamos "okey", u "OK". Pero este "okas" tiene menos de diez años de existencia. Lo comencé a ver cuando chateaba por Internet con mis amigos mexicanos. 
Nunca he entendido la lógica de escribir "okas" en vez de "OK". Se supone que en Internet la tendencia es a abreviar palabras (por ejemplo, los americanos han llevado esta tendencia al extremo, y ahora palabras de dos letras como "OK", la abrevian simplemente a "K"), pero escribir "okas"  es más largo que escribir un simple "OK".

-"Cool": Anglicismo directo, sin digerir. Sabía que se usaba sólo en inglés, nunca en México. Decíamos "padre", "a todo dar".
-"Bubis": Dícese de las glandulas mamarias de los especímenes del sexo femenino. Otro anglicismo, éste a medio digerir. Se lo comencé a escuchar a Adal Ramones, allá por el año 2000.
-"Gordibuena": Dícese de una mujer pasadita de kilos, que aún está de buen ver. Es decir: "Gordita +buena". En mis tiempos esos términos eran mutuamente excluyentes.
Y así, muchas otras más.
Yo sé que mucha gente en México se extrañará con este comentario. Y es lógico: para ellos no se siente el cambio, lo viven día a día.
Pero para los que nos fuimos y nos quedamos con nuestro español mexicano "congelado" en el tiempo, sí se nota.
Lo dicho: Cada vez entiendo menos el español.
A este paso, dentro de algunos años tendré que comunicarme con mis familiares y amigos mexicanos... ¡en inglés!
Mientras no nos cargue el payaso...
(www.cesarfernando.com)



Thursday, March 24, 2011

La felicidad ya tiene precio en Estados Unidos: 75 mil dólares

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

No hemos logrado aún descifrar el secreto de la felicidad. Pero parece que al menos en Estados Unidos ya lograron encontrarle el precio: 75 mil dólares al año.

Según un estudio realizado por la empresa de encuestas Gallup entre 2008 y 2009, para los norteamericanos el salario perfecto para conseguir la felicidad es el mencionado: 75 mil dólares anuales.

La encuesta fue realizada entre 450 mil personas, según el diario Wall Street Journal.

El estudio midió el nivel de satisfacción o felicidad entre los encuestados, y descubrió que el nivel de felicidad está entre quienes ganan ese salario.

Lo curioso es que la felicidad parece que topa en ese salario. De acuerdo con la encuesta, los que ganaron más de 75 mil al año no demostraron ser significativamente más felices. La línea de felicidad va aumentando entre más se acerca uno a la cifra mágica de 75 mil dólares, pero después de ahí, la línea queda plana.

¿De dónde sale todo esto? Según la revista Time, psicólogos creen que la gente que gana menos de 75 mil dólares al año no es necesariamente más miserable, pero sí sufre más para pagar sus cuentas y salir adelante, lo que les causa estrés.

Con 75 mil al parecer, se pagan bien las deudas y se vive sin tanto estrés.

¿Y los millonarios? ¿No son felices?

Primero, habría que saber cómo definir un millonario. Según otro estudio de la empresa inversionista Fidelity, citada por la agencia Bloomberg, el tener un millón de dólares en el banco no siempre significa que uno se cree rico.

¿Cuánto se necesita para considerarse rico? Simplemente implica agregar dos ceros a la cifra mágica de 75 mil dólares: 7.5 millones.

Según la encuesta de Fidelity, las personas con millones en el banco se consideran ricas hasta que logran amasar la cifra 7.5 millones de dólares.

Curioso. ¿Porqué precisamente 7 millones y medio? ¿Porqué siempre sale el 75, casi como número cabalístico?

¿Porqué los encuestados no mencionaron 7 millones cerrados, u 8 millones? ¿Tiene qué ver en algo esos 500 mil dólares extras?

Por lo pronto, ya lo sabe usted. Si quiere ser feliz en Estados Unidos, necesita ganar 75 mil dólares al año. Ni un dólar más ni un dólar menos.

Y claro, si quiere venir a triunfar en este país, ya sabe cuál es la cifra mágica: 7.5 millones. (www.cesarfernando.com)




Wednesday, March 02, 2011

La Edad del Hielo en Texas... y mi hijo “nunca tiene frío”

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

Una de las principales batallas invernales que debo librar todas las mañanas, es con mi hijo César de 15 años.

Cuando salgo para llevarlo a la escuela, siempre es lo mismo: Aparece vestido como si fuera de “Spring Break” a la Isla del Padre.

Esto cuando la temperatura que prevalece generalmente es bajo cero.

--Tápate—, le digo.—Ponte una chamarra.

--No tengo frío--, casi siempre es la respuesta.

No importa que mi auto esté cubierto por una fina capa de hielo, o que yo esté tiritando de frío: César nunca tiene frío.

Los primeros días yo gané la batalla a base de insistirle. A regañadientes se ponía una chamarra.
Pero luego esa chamarra mágicamente desaparecía. Cuando le echaba bronca al día siguiente, me salía con que la había “olvidado” dentro de su “locker” en la escuela.

Las más de las veces César accedía a ponerse un suetercito. Pero éste era hasta más ligero que la playera rockera que traía debajo.

Mientras afuera, la segunda Edad del Hielo.

Pero ahora ya dejé de desperdiciar mis energías en discutir con mi hijo. Sobre todo cuando, al dejarlo en la escuela, veo que todos sus compañeros andan igual de “despechugados”.

O peor.

Jovencitas vestidas con blusita y pantalón vaquero. Muchachitos con playeras, y hasta en bermudas.

Todo en medio del congelante frío texano, que ha llegado hasta a 11 grados bajo cero este año.

--Es que adentro de la escuela hace calor—se justifica César, aludiendo al sistema de calefacción. –Luego tengo que andar cargando la chamarra y la puedo perder.

¿Cosas del primermundismo, quizá? Recuerdo que a su edad, en México, cuando hacía fío en mi puerto tropical, en mi salón de clase hacía tanto frío, que debía dejar de escribir porque las manos se me congelaban. Los salones estaban totalmente desprotegidos, ni aire condicionado ni mucho menos calefacción. Me la pasaba temblando en mi banco.

Y eso que yo sí iba abrigado: Dos camisas, camisetas, suéter y chamarra. Cierto, las temperaturas en mi rancho cuando mucho bajaban a 10 grados sobre cero, pero yo sí tenía un frío espantoso.

Los niños de hoy en día (al menos en Estados Unidos) parecen genéticamente programados para vivir en Siberia. No importa lo peor de las heladas, siempre saldrán destapados, o apenas con alguna sudaderita abierta (quizá para tranquilizar algo a sus padres). Y como si nada.

He visto varios artículos y reportajes en medios similares: recientemente, con las tormentas de nieve que azotaron al país como nunca antes, no faltaron los muchachitos que salían hasta en sandalias a la escuela.

Cuando el reportero les preguntaba por qué, la respuesta era la misma de César: "No tengo frío".

Seguro que el motivo de todo esto es la moda. No es "cool" vestirse para el "cold". Quizá aquellos que andan cubiertos como rusos son vistos como ñoños. Pero aún así, con todo, el cuerpo no sabe de modas, y debe tener frío, ¿o no?

Parece que no.

Yo no sé si tendrán que ver los montones de calorías que estos chicos consumen diariamente. Quizá estén acumulando una capa extra de grasa bajo la piel que los inmuniza contra los embates gélidos. Yo confieso que no comía muchas ha hamburguesas cuando era niño, sólo en ocasiones especiales. Tal vez eso me faltó.

He dejado de librar las batallas con César por las chamarras. Es caso perdido.

El problema es cuando me llegue con un resfriado. Entonces yo voy a tener que sufrir las consecuencias de llevarlo a un médico, y pagar por la consulta, las medicinas y el tratamiento.

Ah, pero eso sí: él "nunca tiene frío”. (www.cesarfernando.com)



Monday, September 27, 2010

La muerte (y la ¿resurrección?) de la lectura

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


Cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, escribió su primera carta a Santa Claus.

Claro, pidió juguetes (montones). Una consola de videojuegos y no sé qué cosas más. Suficientes para vaciar la fábrica del polo norte.

Pero también nos incluyó a nosotros, sus padres, en la carta.

Para su mamá pidió flores.

Y para mí recuerdo muy bien que escribió textualmente: “…Y muchos perioricos para mi papa.”

No supe si reír o llorar. La imagen que mi hijo tenía de mí era siempre leyendo “perióricos”. ¿Sería porque había trabajado en periódicos toda mi vida?

No sólo eso, toda mi vida estuve rodeado del mundo del periodismo, desde que me acuerdo. Desde niño, en mi casa crecí leyendo periódicos todos los días, gracias al ejemplo de mis padres, sobre todo los cómics.

Ya a los 15 años, en la preparatoria, era el único loco que guardaba un poco de dinero no para jugar maquinitas o para llevar a la novia (que ni tenía) al cine, sino para comprar libros, o periódicos nacionales.

Por supuesto, los periódicos leídos se acumulaban aquí y allá, en mi cuarto.

“¡Hay que tirar tanto periódico!”, me gritaba mi mamá.

Esos gritos cesaron cuando me casé años después. Pero fueron suplidos con creces por los de mi esposa.

El problema era que ni siquiera yo mismo podía evitar la situación, pues llegué a depender de los periódicos para sobrevivir.

Comencé a trabajar en un diario a los 21 años. Primero como reportero, luego como co-editor de sección, y después como editor. Luego fui ascendido a jefe de redacción (¡a los 26 años!).

Claro, esto implicaba, además de las matadas, desveladas, úlceras y malpasadas... llegar todas las madrugadas a la casa con un periódico bajo el brazo.

Mi papá lo recibía encantado, diciendo que estaba "calientito del horno".

De hecho él fue el fanático que me contagio el virus del periodismo: toda su vida leyó diarios casi religiosamente, y hasta trabajó muchos años como corrector de estilo en varios de ellos.

Por supuesto, yo siempre podía argumentar un motivo poderoso para mi adicción a los periódicos: vivía de ello.

Cuando fui reportero, necesitaba saber lo que los otros periódicos publicaban, para “ganarles la nota”, decía. Así que comencé a acumular un archivo.

Luego, cuando fui editor y columnista, necesitaba guardar los periódicos donde se publicaban mis artículos, “para mi portafolio”.

Y es que, decía, “nunca sabes cuándo los vas a ocupar”.

Y así me fui llenando de papel.

Muchos periodistas viejos dicen que tienen “tinta de la rotativa en las venas”.

Yo no. Yo lo que tenía era papel periódico. Por todas partes. Casi me salía hasta por las orejas.

Esta costumbre la arrastré desde México cuando me mudé a Texas, a fines de los 1990's. Y la llevé conmigo los tres años que viví en un minúsculo departamento de Florida.

En Florida fue cuando los periodistas comenzamos a sentir las primeras crisis que sufre esta industria de Estados Unidos.

Las suscripciones iban en picada. El puesto de editor por el que me contrataron en Florida se esfumó, y me ofrecieron otro puesto de reportero que acepté por no quedarme de otra. El temor a los despidos eran pan de todos los días. Sospeché que era cuestión de tiempo para que me pusieran de patitas en la calle.

Para colaborar con la causa periodística, decidí suscribirme yo al diario donde trabajaba.

El periódico llegaba puntualito a la puerta de mi departamento todas las madrugadas.

El problema es que… no tenía tiempo de leerlo.

Yo salía al trabajo a las 5 de la madrugada, y sólo recogía el diario, lo sacudía de lagartijas floridianas, y lo echaba sobre la mesa de la cocina antes de salir corriendo a la redacción.

Ya en la oficina leía una copia en la redacción, o la versión de internet.

Eso fue todos los días.

Claro, al poco tiempo, tuve un cerro de periódicos acumulados en la diminuta mesa de mi comedor.

Después, el cerro se extendió cual epidemia a la sala, a las recámaras… Hasta a los clósets.

A ese cerro, se le sumó otro cerro que yo alimenté, con los periódicos donde aparecían mis artículos.

“Para mi portafolio”.

Así llegué a tener periódico hasta en la cajuela de mi auto. (Claro, porque "nunca se sabe cuando se van a ocupar".)

El domingo era el único día que tenía para leer a gusto, pero confieso que sólo leía las secciones que me interesaban: local, nacional, internacional... El restante 90 por ciento de las secciones del periódico se iban directo a la basura, sin siquiera echarles un vistazo.

Cuando me mudé a Texas de nuevo, saqué del departamento de Florida paquetes y paquetes de periódicos. Directo al botadero.

No sé cuántos árboles murieron por la causa. Sería un pequeño bosque.

En Texas, con todo el dolor de mi corazón, tuve que prescindir de periódicos.

Había dejado la industria, por ello ya no veía motivo de "estar al tanto" de lo que ocurría, ni de guardar copias de mis artículos "para mi portafolio".

Y confieso que influyó mucho el que me intoxiqué de información. Me quise tomar un respiro después de haber estado "al tanto" de lo que ocurría, que me atiborré.

Llegaron días en que no quería saber qué estaba pasando en el mundo.

Me di cuenta que la culpa no era de la información en sí, sino de los periódicos: de tanta noticia negativa y deprimente que se promueve.

Entiendo que se debe publicar, pero también hay noticias positivas e importantes de gente que hace cosas por mejorar el mundo. Éstas, desafortunadamente, poco se difunden porque "no tenemos espacio".

Así que irónicamente, hice lo que nunca pensé: le di la espalda a los periódicos.
Y me convertí en lo que siempre había evitado: un lector exclusivo de internet.

O sea, la misma tendencia que está matando a los periódicos impresos.

A las pocas semanas, me sentí culpable de colaborar con la masacre de la que yo mismo fui víctima. Quizá podía seguir apoyando a los periódicos, ya no por mí, sino por tantos buenos amigos que aún trabajan en ellos.

Por ello, en Dallas quise al menos comprar el periódico del domingo.

Pero me fui de espaldas al ver el precio en una tienda 7-Eleven: ¡3 dólares!

Mis días como lector de periódicos estaban contados.

Pero entonces vi un anuncio en el periódico local, el “Dallas Morning News”, que llamó mi atención.

Promocionaban un nuevo periódico "comunitario" que estaban a punto de sacar. Se llama “Briefing” (algo así como “Sumario” o "Resumen").

Y como su nombre lo indica, no es ni más ni menos que una versión sintetizada del diario “grande”.

“Briefing” sólo tiene de diez a veinte páginas, con las noticias más importantes de todas las secciones del periódico del día.

No sale todos los días, solo de miércoles a sábado. Pero igual ya no leo periódicos todos los días. Sólo quiero algo para leer mientras tomo un café en la mañana.

Las "malas" costumbres son duras de acabar.

Pero lo mejor de todo, lo que me hizo decidirme a convertirme en un seguidor de "Briefing", fue su precio: ¡GRATIS!

Sólo tenía que suscribirme por teléfono, o por internet, y recibiría mi periódicos a la puerta de mi casa, como en los años dorados del periodismo impreso.

¿Qué podía perder? Me suscribí.

Los primeros meses, “Briefing” estaba más que enclenque. Páginas y páginas de textos.

Por experiencia propia, sé que esto es lo más deprimente de un periódico que busca sobrevivir, es el primer síntoma de los despidos y la crisis.

Por fortuna, estuve equivocado.

Hoy, el periodiquito tiene bastante publicidad. Y va creciendo.

Lo que me gusta de él es que no es un masivo desperdicio de papel, como su hermano mayor. Lo puedo leer todo en una sentada, lo puedo doblar cómodamente bajo el brazo, en dos o tres dobleces (¡imposible hacerlo con el periódico "real"), no se acumula en bultos enormes que causen la ira de mi esposa.

¿Ya mencioné que es gratis? Es lo mejor de todo.

¿Será esta la tendencia de los periódicos del futuro?

Hoy estoy analizando mi próximo paso a seguir: comprar mi primer e-Reader, o “Lector Electrónico”. No sé si será un iPad, o un Kindle o alguna tableta de Android, pero algo así haré.

Porque, ¿qué puede ser mejor para un fanático de la lectura como yo que la posibilidad de tener mil publicaciones en la palma de la mano?

¿O tener en tu bolsillo a la biblioteca más grande del mundo, que es el internet?

Y sin la bronca de acumular cerros de papel, ni destruir los bosques.

Muchos lectores de la vieja guardia refunfuñan ante este prospecto. Dicen que “los periódicos” nunca serán sustituidos por un aparatejo.

(Y en más de un sentido tienen mucha razón: A ver quién será el valiente que trate de matar moscas con un iPad.)

Pero creo que esos dizque amantes de la lectura están erróneamente fanatizados. Se aferran al MEDIO, no al MENSAJE.

Eso para mí es fetichismo.

Por ejemplo, los fanáticos de la música nos están dando un ejemplo excelente: Ellos no tuvieron ningún problema en pasar de los discos LP de acetato de los 1960’s y 1970’s, a los CD’s de los 1980’s y 1990’s. Abrazaron las nuevas tecnologías con el mismo fervor de antaño.

Pero no se quedaron allí: De nuevo brincaron a los mp3 players, y ahora a los iPods

No se anduvieron rasgando las vestiduras con discusiones existenciales sobre qué medio "es auténtico", o "clásico". La música es la música, punto, no importa cómo te la presenten.

El medio no es el mensaje, al contrario: conforme avanza la tecnología, mejora el medio, sin socavar al mensaje, que sigue intacto. Y eso es lo importante.

En cambio, los amantes de la lectura nos desgastamos en inútiles discusiones de que lo "clásico" es lo "mejor".

¿Porqué no podemos abrazar nuestra pasión en todas sus formas, impresas y digitales?

Ya debemos comenzar a hacerlo. En ello nos va el futuro. (www.cesarfernando.com)



Wednesday, July 14, 2010

"Money, money, money..."

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Por supuesto, todos sabemos lo distinto que es el idioma inglés al español.

Pero el idioma también denota mucho las costumbres y diferencias culturales entre angloamericanos y latinoamericanos.

Es casi como un estandarte, la bandera cultural de cada quien. Por eso, el tema del idioma tiene una enorme carga política.

(Por ello precisamente el uso del español causa tanto escozor entre los ultranacionalistas anglosajones, por sus connotaciones políticas, no lingüísticas. Similares efectos causa el uso del idioma inglés entre los ultranacionalistas latinoamericanos, que abominan de él.)

Pero independientemente de estas obvias diferencias, una vez que el inmigrante latinoamericano aprende inglés, se da cuenta que las diferencias van mucho más allá de usar palabras distintas.

No sólo son las palabras distintas, sino el uso de éstas que dejan entrever un abismo de diferencias entre cómo ve el mundo un norteamericano, en comparación con los latinoamericanos.

La mentalidad de los norteamericanos está tan enfocada a tener "éxito" (léase: ganar mucho dinero) que incluso lo reflejan en sus frases de todos los días.

Veamos algunas de las más comunes:

Por ejemplo, mientras que en español tenemos una frase que dice: "ganarse la vida", el equivalente en inglés sería "to earn a living". Sin embargo, en la práctica, mucha gente prefiere decir: "to make money" ("hacer dinero").

Cuando en español esperamos que gane alguien o algo (por ejemplo, determinado equipo de futbol, o que se realice una posibilidad futura), decimos: "Yo le voy a...". Pero los norteamericanos prefieren esta frase: "My money goes to..." ("Mi dinero va a...").

La frase "dar en el clavo" se traduce como "on the money" ("en el dinero").

"Making good money" ("Hacer buen dinero") sería el equivalente de "ganar bien", o "tener buen salario".

Cuando los hispanos decimos que no haríamos nada decimos "por nada del mundo", pero los norteamericanos dicen: "For the love of money" ("Por el amor al dinero").

Si nosotros decimos que alguien o algo "da una buena pelea", los norteamericanos dicen que da "una buena carrera por su dinero" ("run for someone's money").

Cuando nosotros predecimos que algo tiene igual posibilidad de ocurrir, decimos: "Seguro que ...". Pero los "gringos" dicen "even money" ("dinero empatado").

Cuando los hispanos respaldamos a alguien o a algo, generalmente decimos que "ponemos la mano en el fuego por eso", o "si tuviera que elegir...". En cambio, los norteamericanos dicen "for my money, I'd pick... " ("por mi dinero, yo elegiría a...")

Si nosotros le reclamamos a alguna persona hipócrita que haga lo que predica, le decimos que "predique con el ejemplo". Pero los norteamericanos le dicen: "put your money where your mouth is" ("pon tu dinero donde está tu boca").

Y por último, una clásica: Cuando tratamos de valorar el tiempo, los hispanos decimos: "El tiempo vuela"... pero los norteamericanos usan una frase inmortal que define como ninguna la cultura anglosajona (y que hasta ha sido adoptada por muchos países latinoamericanos):

"Time is money". (www.cesarfernando.com)




Monday, June 28, 2010

La (descuidada) frontera EE.UU.-Canadá en Google Maps

Por César Fernando Zapata


DALLAS, Texas -- Desde que descubrí el Google Maps (con su opción de Street View), me la paso “viajando por todo el mundo”.

Aunque sea desde mi escritorio, ya “visité” las principales capitales de Estados Unidos, México, Canadá, Europa, Japón y Australia (y estoy esperando que incluyan América del Sur, donde están las ciudades que más me encantaría “visitar”).

Pero también me encanta visitar las zonas más inaccesibles y aisladas. He puesto mi camarita a apuntar en zonas tan alejadas como Barrows, Alaska (la ciudad más al norte de Estados Unidos), o la Isla Orkney, al norte de Inglaterra.

En una de esas, se me ocurrió observar la frontera entre Estados Unidos y Canadá, en el cruce de Seattle con Vancouver.

Si uno mueve su pantalla hacia el este (o a la derecha, si Canadá queda "arriba" o al norte), verá cómo los pasos fronterizos se terminan, y sigue lo que es la frontera, propiamente.

No hay muros. Ni cercas. Vaya, ni siquiera un letrerito que divida ambos países. Lo único que se ve es un camino vecinal, apropiadamente llamado “Boundary Road” (Carretera Fronteriza).

A ambos lados se ven granjas, campos, pastizales. Los del lado canadiense no tienen nada qué envidiarle a los del lado “gringo”, al contrario: en no pocos tramos el lado canadiense se ve mejor cuidado que el vecino del sur.

Pero lo que salta a la vista no es lo que se ve, sino lo ausente: cero agentes de “La Migra”, cero camionetas de vigilancia, y por supuesto, nada de helicópteros o aviones-robots.

En algunos lugares lo único que divide la frontera entre ambos países es un árbol, o una cerca de madera vieja.

Canadá es un país rico, cierto. Pero no tanto como Estados Unidos.

De hecho, no son pocos los canadienses que buscan emigrar a su vecino del sur, en busca de mejores oportunidades y hasta salarios.

Lo cierto también se aplica al revés: muchos norteamericanos ven en Canadá como un buen país para adoptar como propio.

Claro, los norteamericanos no consideran necesario imponer cercas o vigilancias estrictas para la frontera canadiense. La inmigración es mínima. La seguridad casi nula. El riesgo, piensan, está al sur, con México.

Irónicamente, los terroristas que causaron los ataques del 9/11 en el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York, entraron por Canadá.

(Aquí algunas imágenes):

La frontera de Estados Unidos está a la derecha, según esta imagen de abajo tomada de Google Street View. La carretera es la "frontera" entre ambos países.

En esta otra foto la frontera de Estados Unidos está a la derecha. Las casas de la izquierda son canadienses (sus vallas son la única "cerca fronteriza"). El letrero de límite de velocidad a 50 millas está "oficialmente" en Estados Unidos, según el mapa de Google, así que no sé si ese reglamento se aplica a quien maneja del lado de Canadá:


En esta última foto esos árboles a la derecha están en "territorio norteamericano" , mientras que el automóvil está del lado canadiense. Viendo el mapa pequeño de la esquina inferior derecha de la imagen nos damos cuenta que estamos en la frontera entre Canadá y Estados Unidos, según Google. Nada de patrullas de "La Migra", el único vehículo es el automóvil que circula despreocupadamente.







Tuesday, June 15, 2010

¿Brutalidad policiaca fronteriza?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO


Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com


DALLAS, Texas -- El periódico El Paso Times recientemente mencionó una frase similar al entrevistar a T.J. Bonner, un oficial retirado de la Patrulla Fronteriza, y presidente del Concejo Nacional de la Patrulla Fronteriza: “Hay un viejo dicho policiaco que dice que es mejor ser juzgado por 12 personas que ser cargado por seis”.

Bonner respondió al ser entrevistado sobre el caso del joven mexicano Sergio Adrián Hernández Huereca, de 14 años, presuntamente asesinado de dos balazos en la cabeza por un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, en los límites de Ciudad Juárez.

Sergio se encontraba del lado mexicano, y los agentes migratorios del lado de Estados Unidos.

“(Los agentes) tienen una fracción de segundo para decidir qué hacer”, explicó Bonner, según el periódico texano.

Agregó que los oficiales migratorios no están entrenados para hacer tiros al aire, porque “pudiera resultar en una bala perdida que hiera a un objetivo no intencionado”, explicó El Paso Times.

Este caso agrava la tétrica fama que de por sí ya tienen los agentes fronterizos. Sobre todo después de otro escándalo similar ocurrido en enero en la frontera de San Ysidro, California con Tijuana, cuando el mexicano Anastacio Hernández fue presuntamente asesinado a golpes por agentes mientras era deportado.

En el caso del niño Sergio Hernández nadie sabe qué es lo que de verdad ocurrió. Hay varias versiones contradictorias.

En una dicen que el muchacho sólo se escondía inofensivamente detrás de uno de los pilares del puente fronterizo, del lado mexicano, y murió al asomar la cabeza y recibir un balazo del agente.

En otra versión, se afirma que Sergio estaba lanzándoles piedras a los agentes, que perseguían a varios de sus amigos mexicanos que se habían pasado al lado norteamericano.

Otra versión afirma que el muchacho intentó cruzar la frontera, pero se regresó al lado mexicano al ser descubierto.

Pero la familia del menor lo niega rotundamente, y asegura que Sergio nunca se atrevería a meterse a territorio de Estados Unidos.

Policías y soldados mexicanos aseguran que custodiaron el cuerpo del jovencito, para evitar que los agentes de Estados Unidos alteraran las evidencias.

Estados Unidos obviamente niega esta acusación rotundamente.

¿Qué pasó? Nadie sabe con certeza.

A pesar de existir hasta un video tomado con un celular, el asunto no queda muy claro porque no grabó lo que hacían ambas partes, y la imagen es un poco borrosa por la distancia.

Quizá nunca se sepa qué pasó.

Muchas personas en México se han volcado a protestar y acusar a todo Estados Unidos de brutalidad.

Pero por mucho que quiera yo salir a rasgarme las vestiduras, hay que aceptar que los mexicanos somos quienes menos podemos acusar a los agentes fronterizos de Estados Unidos de “brutalidad” o “corrupción”. Todo por culpa de nuestros agentes fronterizos.

Al lado de “La Migra” mexicana, “La Migra” americana está compuesta por puros niños de pecho.

Los inmigrantes centroamericanos son los primeros en reconocer la enorme diferencia.

No podemos generalizar. Hay buenos y malos agentes, a ambos lados de la frontera.

Lo único que puedo decir es que toda esta situación me da terror.

Y en vez de pensar en los agentes, no puedo dejar de sentir toda esta tragedia por la familia de Sergio.

Hay un dicho que reza: “Quien tiene un hijo, tiene a todos los niños del mundo”. Desde que escuché esa frase nunca se me olvidó, sobre todo porque comprobé lo cierta que es al convertirme yo mismo en padre.

Hoy, mi hijo mayor tiene la misma edad que tenía Sergio Hernández al morir, y no puedo menos que deprimirme al imaginarme el dolor por el que están pasando sus padres en estos momentos.

El caso de Sergio nos indigna porque fue en la frontera, pero dentro del mismo Estados Unidos (y hasta en México), todos los días se dan casos similares de policías y agentes migratorios que no se tientan el corazón en sacar la macana o la pistola para “apaciguar” a quienes percibieron como “peligro para su vida”.

Vale decir, algunos de estas personas son pandilleros hechos y derechos, quizá algunos hasta traen alguna arma escondida.

Pero, ¿cuántos son simples muchachos tontos, o simplemente asustados, como lo fuimos todos a esa edad?

Sin exculpar a los oficiales de Estados Unidos (porque se supone que son profesionales entrenados y adultos), no me imagino a mí mismo haciendo su trabajo. La adrenalina la deben tener a mil, con la incertidumbre cada segundo de no saber qué va a saltarte en cada arbusto del desierto.

Quizá se topen con un simple inmigrante en busca de trabajo… O un narcotraficante armado hasta los dientes y drogado.

Este constante estado de alerta, sumado al hecho de andar armados (y para ser sinceros, un cierto espíritu de “cowboys heroicos” que los extremistas les han imbuido) son una combinación explosiva.

Yo ni en sueños se me ocurriría pararme frente a ellos en la frontera, mucho menos a tirarles piedras, si es que de verdad ese fue el caso.

Una vez escuché a un ex policía de Estados Unidos negar que los agentes de la ley de ese país fueran racistas.

“Para los policías no hay distinción entre blancos, negros o amarillos”, dijo más o menos. “Para los policías solo hay dos colores: azules y todos los demás”.

Nunca se me olvida esto cada vez que tengo que tratar con uno de ellos. (www.cesarfernando.com)




Saturday, May 15, 2010

“En Estados Unidos es un delito no identificarse”

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Un oficial hispano de la Policía de Dallas me lo explicó claramente durante una entrevista años atrás:

"En Estados Unidos, no llevar consigo una identificación oficial, es delito".

Si un oficial de Policía te detiene en la calle, y te pide que te identifiques, debes hacerlo, aclaró. Porque, ¿cómo sabe el oficial que no eres un criminal que anda huyendo?

Han pasado casi 10 años desde aquel consejo, y desde entonces, "no salgo sin ella", como dice el comercial: siempre cargo una tarjeta de identificación en la cartera.

Por supuesto, hay inmigrantes que no tienen licencia de manejo. Pero, para identificarse, igual sirve un pasaporte, o una matrícula consular.

Si a usted lo detienen sin licencia, pero se identifica con cualquier otro documento, lo podrán multar solamente por manejar sin licencia.

Pero si no trae ninguna identificación, pueden arrestarlo y decomisarle el auto.

Usted puede invocar todos los derechos humanos y las leyes civiles habidas y por haber ante un oficial de policía. Pero, en la calle, él es la ley.

"Cuéntaselo al juez", es lo único que dicen cuando lo están esposando a uno.

Esta anécdota la saco a colación tras ver todo el escándalo por la nueva ley aprobada por el gobierno del estado de Arizona, la SB 1070, que permite a oficiales de policía "pedir identificación" a gente que ellos "consideren con suficientes sospechas de ser indocumentados".

Esto incluye, claro, a residentes permanentes e incluso ciudadanos norteamericanos que parezcan "indocumentados", según el criterio del oficial.

Por supuesto, los primeros en protestar por esta ley fueron los inmigrantes.

Pero esta situación también está poniendo a muchos ciudadanos norteamericanos con los pelos de punta.

Los norteamericanos son históricamente alérgicos a cualquier tipo de control policiaco o gubernamental. Quizá sean ellos uno de los pueblos del mundo más rebeldes y desconfiados del gobierno.

Simplemente basta con echar un vistazo rápido a su historia como país: el aumento del control de Inglaterra sobre sus colonias fue lo que detonó la guerra de independencia de 1776.

Los ciudadanos de todos los demás países del mundo ven normal el tener un documento nacional de identidad.

Por ejemplo, en México existe la credencial de elector, o la Cédula Única de Registro de Población (CURP). Es rutina que le soliciten a uno cualquiera de estos documentos (o ambos) cuando quiera hacer cualquier trámite.

Vaya, en México hasta existen retenes militares en algunas carreteras, donde los soldados les exigen identificación a todos los viajeros que cruzan por allí.

En Europa y América Latina están los Documentos Nacionales de Identidad (DNI), o los “carnés”, como le dicen los españoles.

O sea, para la gran mayoría de la humanidad, esto es cosa de todos los días.

El problema, es que los norteamericanos siempre han estado en contra de esas prácticas.

Para el norteamericano típico, si un oficial de policía le pide "papeles", trae recuerdos de regímenes totalitarios, como la Alemania nazi, o la Rusia estalinista

Estados Unidos, en cambio, es el país “de la libertad”, y de “la democracia”. El país donde todo mundo puede transitar libremente, sin controles policiacos a cada esquina.

Por supuesto, esto sólo se aplica a los ciudadanos norteamericanos. Los extranjeros son otra cosa. No son "americanos". Por lo tanto, deben presentar documentos de identificación, como el pasaporte. O, si son residentes permanentes, la famosa "green card", o "tarjeta verde".

En síntesis, si usted es ciudadano norteamericano, no existe una identificación para usted dentro de Estados Unidos (fuera del pasaporte, por supuesto, pero ¿cuánta gente carga el pasaporte para identificarse dentro de su propio país?).

¿Porqué? Precisamente porque son ciudadanos americanos. Y como tales, uno de sus derechos es... no recibir la imposición de identificarse dentro de su propio país. El gobierno de Estados Unidos no tiene el derecho (arguyen los ciudadanos) de exigirles que se identifiquen. Es contra la ley, es anticonstitucional.

Lo gracioso es que ya existen documentos de identificación de hecho, que todo ciudadano americano debe presentar ante las autoridades: la licencia de manejo y la tarjeta de Seguro Social.

Todo ciudadano de Estados Unidos debe tener estos dos documentos. Si no, no pueden identificarse, ni conducir, ni obtener empleo o recibir servicios, o hacer trámites oficiales.

Y nadie se queja.

¿Entonces? ¿No es esto una incongruencia? Por supuesto.

Pero psicológicamente hay una enorme distancia entre esto, y crear una identificación nacional para todos los norteamericanos. Esto les huele a los ciudadanos de Estados Unidos a control excesivo del de por sí ya todopoderoso gobierno federal.

La SB 1070 ahora ha resucitado estos temores, sobre todo entre ciudadanos americanos de origen hispano.

Las familias de muchos de ellos han vivido en el territorio actual de Estados Unidos mucho antes de que llegaran los anglosajones.

Por ello, consideran racista el que un oficial de policía los detenga y les pida identificación por parecer “indocumentados” a ellos sólo por no ser “güeritos”, o hablar español, o tener apellido hispano.

Lo cual, de hecho, al parecer ya ha ocurrido antes. Y eso sin tener una ley como la SB 1070. ¿Qué puede pasar si los policías tienen ahora todo ese poder extra? (www.cesarfernando.com)


Monday, May 03, 2010

¡Viva la ley anti-inmigrante de Arizona!

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas.- ¿Qué pienso yo sobre la ley aprobada por el Congreso de Arizona, la famosa ley "anti-inmigrante", como la llaman algunos?

Pues, me alegro.

Sinceramente, me da gusto que los republicanos de Arizona hayan aprobado esta ley, y todo el escándalo que ha generado.

Y espero que otros estados sigan el ejemplo. Necesitamos más leyes como éstas en Estados Unidos.

Pero espérese, antes de que me ataque, déjeme explicarme:

La ley SB 1070 da poderes legales extras a oficiales de policía municipales, para cuestionar y pedir documentos a cualquier persona que "sospechen" sea inmigrante indocumentado. Así sin más, como cualquier agente federal de Inmigración.

En Arizona, eso significa por supuesto, detener a gente que parezca mexicana o latinoamericana: Morenitos, con acento hispano y que se apelliden Pérez, Hernández o González (o Zapata).

No importa que éstos sean ciudadanos o residentes legales. Todos parejo.

Y claro, el que no traiga sus "papeles", va a dar a la cárcel seguro. Y de allí a una celda del Servicio de Inmigración. O si no, hasta a México sin escalas. Hasta que compruebe su "legalidad".

Yo pienso que no hay nada nuevo en esto. Siempre lo han hecho, con o sin ley. Hasta el gobierno de México lo hace todos los días (vaya, si "La Migra" mexicana hasta ha deportado a Centroamérica a ciudadanos mexicanos).

Pero, repito, me alegro de la SB 1070 por varias razones.

Primero, porque con esto, Arizona está dando un jalón de orejas al gobierno federal del presidente Barack Obama, quien se había "olvidado" del problema de la inmigración indocumentada, aún cuando prometió hacer "algo" en sus primeros cien días de gobierno.

Ya va para medio año, y nada. Los más de 20 millones de indocumentados siguen esperando alguna legalización.

Así pudiera haber pasado otro año y medio, o más, si no fuera porque los republicanos de Arizona le sacudieron el avispero.

Ahora, por fin, Obama ya se "acordó" del problema. Ya era tiempo.

Segundo, porque los republicanos también están dando un jalón de orejas a... nosotros. Los propios hispanos. Sobre todo los inmigrantes legales de Arizona, que tienen papeles, y hasta ciudadanía.

Porque, ¿cómo es posible que los hispanos de Arizona no hayan salido a votar en contra de esa ley, si tanto les enoja?

Desafortunadamente, aunque Arizona tiene una de las poblaciones hispanas más grandes del país, pocos están registrados para votar.

Y aparte, de ésos que están registrados a votar, sólo una ínfima parte de verdad acude a las urnas durante las elecciones.

¿Porqué se quejan entonces?

Según la cadena radial National Public Radio (NPR), de los casi 1.8 millones de hispanos que viven en Arizona, apenas 673 mil son elegibles para votar (o sea, que son ciudadanos mayores de edad, no que estén registrados, ni que de verdad voten).

El corresponsal de NPR, Ted Robbins, dijo que los electores hispanos de Arizona suman alrededor del 17 por ciento del total de su población, una mínima cantidad.

De éstos, por supuesto, no todos votan igual. No son un bloque unido, como los electores negros, por ejemplo.

Peor aún: los electores registrados hispanos tienen a votar del 10 al 15 por ciento por debajo de la población general, según NPR.

El problema es que esta historia se repite no sólo en Arizona, sino en todos los estados con fuerte población hispana, desde California hasta Texas. No sería raro que California también aprobara una ley similar (o peor).

Cierto, muchos hispanos que quieren votar no pueden, por no ser ciudadanos, o no tener documentos. Pero aún éstos tienen culpa, indirectamente.

Los inmigrantes indocumentados también tienen un poder, aunque no lo vean: sus números.

En Estados Unidos, el poder político se basa en número de congresistas en el gobierno federal. Entre más congresistas tenga un estado, o un distrito, más peso político tendrá en el gobierno federal (y más presupuesto para sus zonas).

Este número de congresistas no es fijo, cambia de acuerdo con la población. Si una ciudad, distrito o estado aumenta su población, se le otorgan más congresistas y aumenta su presupuesto federal. Si pierde población, pierde congresistas (o escaños), y por lo tanto, pierde poder político y dinero federal.

La población se suma en números totales, incluyendo ciudadanos, residentes legales y hasta indocumentados. Entre más gente viva en un distrito, más congresistas tendrá, no importa si todos los habitantes son blancos, negros, o azules, ciudadanos o indocumentados.

¿Cómo se determina el número de congresistas? Simple: por el Censo. Cada 10 años Estados Unidos cuenta a todos sus habitantes, enviando por correo un formulario muy simple de diez preguntas, a cada domicilio. La gente debía llenar ese formulario y devolverlo por correo (sin pagar estampillas) antes del 1 de mayo.

Este año se realizó el Censo 2010. Y las formas estaban impresas en seis idiomas, incluyendo español.

El formulario sólo pide nombres, edades, origen, y dirección de todos los habitantes de cada casa. Nada de documentos o visas.

¿Y qué pasó? Pues que mucha gente no devolvió los formularios.

Y, adivine cuáles fueron los estados donde más gente se quedó sin ser contada: Nueva York, California, Texas, Florida... y Arizona.

Funcionarios del Censo temen que fueron los inmigrantes hispanos precisamente los que no devolvieron los formularios, por temor, desinformación o simple desidia.

Y eso que nos han estado bombardeando con comerciales tranquilizadores por prensa, radio y TV: "El Censo no es inmigración", decían. "Nadie tendrá acceso a esa información, ni siquiera el presidente de Estados Unidos", "El Servicio de Inmigración nada tiene qué ver con el Censo", etcétera (a un costo de millones de dólares en publicidad).

Esta situación es terrible para esos estados, porque están en riesgo de perder escaños en el Congreso, y dinero, a pesar de que algunos de éstos como Texas, han aumentado mucho en población.

¿Qué ocurre cuando una población numerosa como los hispanos de Estados Unidos, se vuelven apáticos y poco participativos? Pues que una minoría extremista toma el control de las leyes. Como está ocurriendo ahora.

Podrá usted decir lo que quiera de los extremistas de ultraderecha en Estados Unidos. Pero, hay que reconocerles que son muy activos políticamente. Participan, votan, actúan.

Así, la famosa ley SB 1070 ha servido para sacar los trapitos al sol no sólo de los políticos republicanos, sino de los propios electores hispanos.

En ese sentido, me alegro. Ya era hora de que despertaran. Lástima que se necesitó algo como la SB 1070 para hacerlo.

Lo he dicho antes y lo repito: En este país, las marchas, protestas y boicots se ven muy bien en la tele, pero sólo sirven para aumentar la audiencia (y los ingresos) de cadenas como CNN, Univisión y Fox. No cambian las leyes.

Claro, las amenazas de boicot económico espantarán a los políticos. La gobernadora de Arizona ya está rogando porque no se haga el boicot. Pero aquí, los perjudicados serán las empresas de Arizona y sus empleados, muchos de ellos hispanos, por cierto.

Dudo mucho que la SB 1070 prospere. Pero, espero que despierte políticamente a muchos hispanos, les obligue a hacerse ciudadanos (los que califiquen), se registren para votar, y de verdad acudan a las urnas en las próximas elecciones.

No hace falta gritar que somos "mayoría", lo que hace falta es comprobarlo.

No en las calles, con una bandera en la mano, sino en las urnas, con una boleta electoral.

Si esto se logra, entonces que viva la ley anti-inmigrante de Arizona.

Necesitamos más leyes como ésta en todo Estados Unidos. (www.cesarfernando.com)



Tuesday, April 13, 2010

El "Downtown" me decepcionó

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com


DALLAS, Texas -- Me he mudado. Digo, laboralmente.

Desde hace algunos meses, trabajo en un "downtown", o sea el centro de una ciudad grande de Estados Unidos, Dallas.

Es mi primera experiencia en la atmósfera urbana desde que llegué a Estados Unidos.

Y confieso que me decepcionó.

Desde pequeño, tenía una idea preconcebida de los "downtowns" de las ciudades norteamericanas, una imagen creada por las series policiacas de TV de los 1970's --con las que prácticamente me crié.

Esa imagen para mí era todo edificios altísimos, en calles perfectamente rectas y escuadradas. Y gente caminando a todas horas.

Bueno, la sorpresa no pudo ser mayor: Sí, hay edificios altísimos. Sí, Dallas tiene las calles rectas y escuadradas.

De hecho, si cierro los ojos y los abro de pronto, podría jurar que estoy en Chicago o en Manhattan, y en cualquier esquina va a aparecer el Gran Torino rojo de Starsky y Hutch a toda velocidad, o el teniente Theo Kojak con su impermeable, sombrero y paletita de fresa sonríendo al tener todo "under control".

Pero la decepción mayor que tuve con el "downtown" fue...¡La gente!

(O más bien, la falta de...)

¿A dónde se fueron todos?

El centro de Dallas podría pasar por Manhattan cualquier día, excepto porque está totalmente vacío.

Parece una escena salida de una película apocalíptica. Me siento como Will Smith en "Soy Leyenda" (nomás que sin el Mustang, desafortunadamente).

Claro, hay gente. Una o dos personas, de vez en cuando. Pero nunca las marejadas que esperaría de una zona metropolitana con más de 6 millones de habitantes, la cuarta más poblada de Estados Unidos después de Nueva York, Los Ángeles y Chicago.

“¡Extraño a la gente!”, me decía una compañera de trabajo, mientras veíamos la calle desde los ventanales de nuestro edificio, en el séptimo piso.

La pobre acababa de mudarse de Nueva York, porque “no aguantaba tanta gente”. Pero ahora, se sentía como si viviera en el desierto del Sahara.

Además, me sorprendió algo que nunca me imaginé: ¡Cuántos edificios abandonados hay! Edificios altos, excelentes, impactantes, imponentes… y vacíos.

Edificios que en cualquier otro país serían el orgullo y la rebatiña de altos ejecutivos, en Dallas no son más que cascajos arrumbados, acumulando vagabundos a sus puertas.

Algunos son “viejos”, para los estándares americanos. O sea, se construyeron en las décadas de 1960 y 1970. Precisamente los edificios que yo veía en la tele durante mi niñez.

Otros son edificios hermosos, estilo Art Deco de 1930’s y 1940’s. Pero igual, vacíos y clausurados, en espera quizá de la demolición.

Son muchos. Basta caminar unos pocos pasos para toparse con uno o dos edificios abandonados, en cada cuadra.

¿Porqué ocurre esto? Pues, todo es causa de enamoramiento que tienen los norteamericanos con vivir en los suburbios.

Toda la “actividad” de este país se centra en las afueras de las ciudades, en los suburbios. Allí es donde están los centro comerciales, los cines y la vida social.

De hecho, hace algunos años Dallas perdió la oportunidad de recibir la sede mundial de la empresa Boeing, precisamente porque sus ejecutivos se decepcionaron al ver el abandonado "downtown". Boeing se acabó mudando a Chicago.

Claro, existen esfuerzos en Dallas para renovar el centro de la ciudad. Algunos edificios ya han sido rescatados y convertidos en condominios habitados generalmente por gente joven y profesional.

Esta es otra cosa que me sorprendió al “mudarme” al “downtown”. Ver vagabundos y policías deambulando junto a gente joven trotando en ropa deportiva y escuchando sus iPods. O ver a madres de familia empujando carreolas con bebés junto a ejecutivos con portafolios y de traje y corbata.

“Y debías de haber visto hace años, esto estaba mucho más vacío que antes”, recordaba Allison, otra compañera de trabajo que tiene más tiempo en estas lides.

Pese a esto, el centro de la ciudad tiene su encanto. A veces vemos mimos actuando en un parquecito encajado entre rascacielos. O músicos con instrumentos exóticos (¿africanos? ¿australianos?) alegrando el ambiente.

Todos ellos mezclándose con ejecutivos apurados, y alguno que otro personaje siniestro sacado de una película de Tarantino.

Pero, pese a todo esto, yo sigo con la imagen que tenía de niño de la típica ciudad norteamericana.

Y hasta el momento, el "downtown" de Dallas me ha decepcionado... (www.cesarfernando.com)



Thursday, January 14, 2010

“¿Cómo rayos iba yo a saber?”: Las metidas de pata de los inmigrantes en EE.UU.

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
cfzap@yahoo.com

DALLAS, Texas -- Fue muy difícil para mí aprender a vivir en Estados Unidos”, me contaba una vez Yuliet, una amiga cubana que conocí recién llegado yo a Dallas.

Las dificultades de Yuliet no sólo eran las normales de cualquier inmigrante en un país nuevo, sino que se multiplicaban por el simple hecho de ser cubana.

“Por ejemplo, yo no sabía manejar un coche automático”, me relató un día. “Tampoco sabía usar un teléfono celular, una tarjeta de crédito, ni mucho menos un cajero automático. Para ustedes los mexicanos éstas son cosas normales, pero no para mucha gente de Cuba…La adaptación fue muy difícil”.

Uno pensaría: Bueno, pero eso sólo pasa a los cubanos, por su situación especial. O si acaso, a otros inmigrantes de países muy pobres, como Haití o Bangladesh, nunca a gente de países más “avanzados” de América Latina.

Hasta cierto punto es verdad. Pero incluso los propios inmigrantes urbanos y cosmopolitas de países como México, Argentina o Brasil nos hemos encontrado con ciertos “choques” culturales al adaptarnos a Estados Unidos.

Y esto causa situaciones cómicas, o incluso verdaderas metidas de pata, las cuales ahora podemos contar y hasta reírnos de ellas.

Por ejemplo, me acuerdo que al llegar yo a Estados Unidos no sabía manejar una aspiradora.

Por supuesto, sabía que existían las aspiradoras: las había visto en películas y en la tele (¿se acuerdan que en las caricaturas las aspiradoras siempre terminaban devorando a la Pantera Rosa?). Incluso hasta había visto un par de aspiradoras alguna vez.

Pero de donde yo vengo, la caliente costa tamaulipeca de México, poca gente usa aspiradoras, por la sencilla razón de que pocos tienen sus casas alfombradas.

Incluso son pocas las oficinas o edificios públicos con alfombras: Todos favorecen los pisos con mosaicos o losas. Si acaso, los adornan con tapetes y ya.

Por ello, tener o aprender a usar una aspiradora nunca estuvo entre mis prioridades domésticas.

Así pues, una de mis primeras preguntas al llegar a Estados Unidos (donde hasta las casas más humildes están alfombradas por ser más barato que instalar piso) fue sencilla:

“¿Cómo diablos se enciende esta aspiradora?”

Otro episodio que dejó entrever mi ignorancia sobre cuestiones primermundistas fue cuando intenté comprar gasolina en una estación: No tenía la más mínima idea de cómo activar la bomba automática.

En México todas las estaciones de gasolina de Pemex tenían personal que atendía y despachaba la gasolina a los clientes. Pero en el individualista Estados Unidos este es un lujo innecesario: ¿Para qué pagar a empleados, si pueden instalar máquinas automáticas?

Así que si usted no quiere verle la cara al empleado de la tiendita de la estación, no tiene por qué hacerlo: es el cliente el que debe despacharse su propia gasolina, y pagar incluso en la bomba con tarjeta de crédito o débito.

¡Pero yo no sabía cómo! Todo lleno de vergüenza, tuve que entrar a la tiendita y preguntarle al empleado cómo manejar esa sofisticada máquina.

Tuve suerte: el propio empleado era un inmigrante asiático con peor acento que el mío. Pero para agravar mi vergüenza, resultó que las instrucciones estaban escritas en la propia bomba… ¡Y hasta con dibujitos! Pero yo había parado el carro muy cerca y no las vi.

Por fortuna, no estoy sólo en mis metidas de pata. Tengo buenos amigos sudamericanos, muy cultos y estudiados, que también me han contado anécdotas ridículas causadas por su choque cultural con la vida norteamericana.

Mi amigo Efraín, abogado peruano, escribió cómo batalló para instalar su buzón en su casa recién comprada en Florida…. Mismo buzón que el cartero le ordenó retirar porque estaba ubicado muy cerca de la puerta de la casa (al estilo de América Latina) y no junto a los demás buzones de la calle, como requiere el Servicio Postal de Estados Unidos (esto es para evitar que el cartero se baje y CAMINE a cada casa a entregar el correo. A veces hasta meten las cartas en todos los buzones juntos sin bajarse de su camión).

O como le ocurrió con mi amigo Luis, de Argentina, quien cuando compró su casa nueva en Texas, como buen propietario del “American Dream” lo primero que hizo fue cumplir con el ritual semanal de cortar el césped de su patio.

Así pues, Luis se compró una flamante máquina podadora, y procedió a cortar el césped, dejándolo impecable… ¡y pasándose horas barriendo y metiendo en bolsas de basura todo el pasto extra que la podadora había tirado!

“Luis, el césped podado se deja en el jardín, no se recoge”, le conté.

“Bueno, ¡es que de donde vengo las casas no tienen pasto!”, se justificó, rojo de vergüenza y frustración. “¿Cómo rayos iba yo a saber?”

Como inmigrantes, no podemos hacer mucho para evitar estas “metidas de pata”. De hecho, he escuchado de cómo algunos norteamericanos también sufren un choque cultural al revés al ir a América Latina.

Simplemente nos queda aceptar tales hechos humildemente, aprender y reírse de la anécdota. Son parte del proceso de adaptación.

Por lo menos nos quedarán como excelentes temas de conversación en alguna reunión.

O para alguna columna. (www.cesarfernando.com)


Thursday, December 31, 2009

2009: El peor año para los hispanos en EE.UU… pero también el mejor

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com


El año 2009 se acabó. Comienza el 2010.


Para los hispanos en Estados Unidos, 2009 fue un año como ninguno.


Para mucha gente, el año que acaba fue uno de los peores, sino es que el peor.


Sufrimos la peor crisis económica de que se tenga memoria, y esto arrastró a muchos países. Millones perdieron sus empleos, sus casas y sus ahorros, y aún no ven salida.


Para los hispanos en especial fue un año durísimo, porque las industrias donde nuestra gente generalmente trabaja fueron las más golpeadas por la recesión: construcción, servicios, agricultura…


Además, la crisis trajo otros efectos inesperados: el racismo parece que está tomando un segundo aire en Estados Unidos, no sólo contra los negros (a pesar, o quizá gracias a la elección de Barack Obama), sino también contra los hispanos.


Porque, en tiempos de crisis, cuando el trabajo escasea, los norteamericanos desempleados tienden a buscar chivos expiatorios. Y éstos siempre acaban siendo los inmigrantes.


Ante esto, miles (¿quizá millones?) de inmigrantes no tuvieron de otra más que regresarse a sus países de origen, a comenzar de nuevo.


Las redadas migratorias aumentaron. O al menos así nos parece, porque el gobierno se empeña en negarlo.


En algunas ciudades los policías se la pasaban multando a conductores hispanos por el “crimen” de hablar en español. Y en otros lugares hasta se aprobaron leyes para negar el alquiler de apartamentos a quien se sospeche que sea inmigrante indocumentado.


La famosa legalización migratoria quedó en lo mismo: promesas. Y quizá así continúe hasta que termine Obama su segundo periodo presidencial… o para siempre.


En síntesis, quizá el peor año para los hispanos.


Pero hay que ser justos: 2009 también vio otras muchas situaciones para los hispanos que jamás habíamos vivido.


Este año el idioma español fue considerado como “saludable” en Estados Unidos por expertos y traductores. Incluso acordaron ya no hablar de un idioma español “en” Estados Unidos, sino de un idioma español “de” Estados Unidos, igual al de España, de México, de Colombia, de Argentina o Perú.


Hubo dos hispanos que surcaron el espacio como plenos astronautas de la NASA, y uno de ellos, José Hernández (hijo de agricultores inmigrantes), hasta “twitteó” en español desde la estación espacial internacional.


En 2009 por primera vez en la historia de este país, una hispana, la jueza de origen puertorriqueño Sonia Sotomayor, fue nombrada a la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos.


La cultura y la comida hispana están cada vez más arraigadas entre los norteamericanos, que ya las sienten como “propias” de Estados Unidos.


Vaya, hasta el más americano de los cantantes “country”, el famosísimo George Strait, se atrevió a hacer un “crossover” en su último disco, y cantó el legendario tema “El Rey” de José Alfredo Jiménez… en español.


Lo dicho: 2009 fue el peor año para los hispanos. Pero también el mejor en muchos aspectos.

Esperemos que el 2010 (con el censo poblacional que verá un aumento del número y peso de los hispanos) pinte mucho, mucho mejor no sólo para nuestra gente, sino para todos.


Feliz Año Nuevo.




Sunday, December 13, 2009

Cuidado: Todo lo que haga en EE.UU. podrá ser usado en su contra

DESDE LAS ENTRÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

cfzap@yahoo.com

El agente de Inmigración en la frontera frunció el ceño mientras observaba su computadora.

Había recibido un pasaporte de un ciudadano mexicano que intentaba cruzar. “Escaneó” el documento para comprobar su identidad.

—Usted no puede pasar—sentenció contundente.

—¿Porqué?—preguntó alarmado el turista.

—Usted trabajó en Estados Unidos—dijo el agente, señalando la máquina—: usted trabajó, rentó un departamento, compró un auto, sacó licencia de manejo… No, le vamos a quitar la visa.

Así, de un teclazo, la vida le cambió al pobre hombre, quien hasta entonces había cruzado la frontera sin problemas.

¿Cómo supieron los agente de “La Migra” toda esa información, que está desperdigada entre varias oficinas de gobierno, municipales, estatales y federales? Pues porque toda la información ya está computarizada y en una base de datos a la que tienen acceso varias agencias de seguridad en Estados Unidos. Incluído el Servicio de Inmigración, por supuesto.

¿Cómo se llegó a esto? Suena a magia. Suena a un truco sacado de la manga de un día para otro. Pero lo cierto es que los norteamericanos han estado trabajando en recopilar esa información desde hace mucho tiempo. Desde antes de que siquiera existieran computadoras.

En Estados Unidos, todo queda por escrito. Y todo se archiva, hasta las cartas y los papelitos escritos a mano. Por eso, aún existen diarios personales y libretitas escritas por habitantes de las trece colonias originales, que universidades y estudiosos del pasado atesoran.

Cuando llegaron las computadoras, se comenzó la dura y pesada tarea de comenzar a transcribir todos esos documentos en bases de datos. Al principio, en microfilms, luego en cintas magnéticas de computadora, que se guardaban en carretes del tamaño de ruedas de bicicleta.

Todo lo que son “récords públicos” se encuentra disponible, desde contratos, hasta fallos de cortes judiciales, historiales penales de personas particulares y mucha otra información.

Esos datos se han ido re-escribiendo constantemente, en cuanto surge un nuevo sistema de almacenamiento de datos: pasaron de los microfilms y las cintas magnéticas, a los CD’s, DVD’s y al internet.

Hoy en día, muchos de esos archivos están al alcance de cualquier persona con una computadora conectada al internet. Y aumentando.

“The Paper Trail”, le llaman en inglés: “El Rastro de Papel”. Porque todas las transacciones, compras, ventas, créditos, salarios, viajes, entradas y salidas de las personas quedan registradas en alguna computadora. Y a casi todas tiene acceso el gobierno tarde o temprano, para bien o para mal.

(Lo peor es que según los expertos, cualquier documento digital es virtualmente indestructible y eterno: No importa que usted lo borre o destruya el disco original. Si ese archivo pasó por el internet, pudo haber sido copiado en multitud de servidores en el camino.)

Muchos usuarios de internet ven este acceso a información como algo común y corriente, sobre todo los jóvenes que nacieron cuando las computadoras ya existían en casa. Pero yo no dejo de sorprenderme, porque es una tarea titánica.

Y me parece aún más titánica si la comparamos con las “costumbres” que aújn siguen los gobiernos de países latinoamericanos, como según me contó una vez un ex fiscal mexicano años atrás.

--Los archivos legales eran un desastre,--me decía. --Cuando yo recibí la oficina, me horroricé al ver que todos los expedientes estaban amontonados en un cuartito, sin orden. A nadie les importaba.

Incluso el cuarto se inundó y la mayoría de los archivos estaban empapados y enmohecidos desde hacía tiempo.

Por supuesto, si esto se venía arrastrando desde hacía décadas, ¿qué podía hacer él, como fiscal recién llegado? Nada.

--Cuando recibía nuevos expedientes para ‘archivar’, ¿qué podía hacer yo?”, comentaba. –Simplemente los seguíamos amontonando en el mismo bulto…

Eso nunca ocurriría en el súper eficiente (y súper controlador) Estados Unidos.

El resultado es una mejor eficiencia, claro. Pero para algunos, es una amenaza, un “Big Brother” en potencia, que todo lo controla, todo lo sabe y todo lo ve.

“Es por su propia seguridad”, nos aclara el gobierno, y nos recuerda lo que pasó en el 11 de septiembre de 2001, precisamente por tener un sistema de vigilancia descuidado.

De todas formas, el gobierno de Estados Unidos cada vez está controlando más y más lo que hacemos usted y yo, bueno y malo. Hasta el más mínimo detalle, acción u olvido deja un registro, que podría regresar dentro de algunos años como búmeran para golpearnos. (www.cesarfernando.com)